17/7/08

Acerca de otro sueño

(Dos especies, una real y en extinción, y la otra irreal, como vos)

Hace unas noches soñé con vos. Viajábamos juntos a una isla de Grecia, Patmos precisamente, era nítida la imagen sensorial que reproducían los acontecimientos argumentativos del sueño. Decía Calderón de la Barca que la vida misma es un sueño, tal vez seamos lisa y llanamente el sueño de algún dios, como quería Borges; o el sueño de un proyecto de hombre como seguramente fui. O tal vez nuestros sueños sólo sean esa cosa fisiológica como respirar, alimentarnos, reproducirnos y después morirnos en la esperanza de volver a encontrarnos. La cosa es que soñé con vos.
Si lograra contar exactamente toda la dimensión del sueño que tuve tendría como para una gran novela. Digo grande por la cantidad, la calidad y el sobredimensionamiento del sueño en cuestión, o sea, la extensión. Lo cierto de todo esto es que soñé con vos.

No sé si explicar antes por qué soñé con vos o, simplemente, narrar lo más detalladamente posible el argumento del sueño.
Elegiré lo segundo porque seguramente algo de la explicación saldrá sola, y porque temo ser incomprendido, aunque me entiendan:

“Nos conocimos por la correspondencia epistolar efectuada a través de la archifamosa Internet, esa red de redes que todo lo enreda… Y en los bordes metafísicos del peligro jugábamos inocentemente con la seducción de la inteligencia, con el rubor ante el talento, con la displicencia de la genialidad. De esta forma comenzó a germinar una fantasía que fue transformándose paulatinamente en probabilidad. Entre los haberes y debes de la balanza química de dos personas diferenciadas por el sexo pero unidas por un designio trascendental y eterno fue gestándose una maravillosa conjunción de sueños e ilusiones. Tanto para ella como para mí, cada uno en su especial diferenciación, pero con la certeza de que la energía de uno era paz y comprensión en la del otro. Nuestras almas jugaban entre sí prescindiendo de su materia, de su cuerpo, que las sumergía en la realidad.
Y así fue elaborándose la idea en él de que ella era un arquetipo que viajaba en el tiempo y que mediante su energía le transmitía el camino a seguir para que el universo no desapareciera. Para que la armonía continuara a pesar de los revolucionarios impedimentos que aparecían en el camino.
Y esto no es delirio, es verdad, porque así pensaba este hombre que descubrió el mensaje de la sirena que había aparecido una tarde o una noche en que comenzaron a chatear cada uno en su PC.
El, decía ella, era un delfín, él completaba que, además, era un delfín de aguas tropicales, de aguas coloreadas por el calor. Ella, en cambio, era una sirena del Polo Sur, en el extremo frío de nuestra querida América. El calor del sol, la frialdad de los hielos polares, dos elementos antagónicos. La sirena y el delfín aparentaban ser incompatibles. Una elemental contraposición para que el espejo pudiera ser entendido. Las famosas antinomias del ser y no ser, de la realidad y la irrealidad.
Y de tantos viajes entre las distintas temperaturas de las especies en juego llegó el día, o la noche, en que fueron a nadar juntos. Los pro y los contra de cada uno asomaban a la superficie como si fueran iceberg y cualquiera podía contemplarlo. Igualmente quedaron en verse esa tarde, o esa noche. La suerte estaba echada, tal como dijo un futuro emperador de su tiempo. La sirena y el delfín acordaron realizar un viaje juntos y para que no hubieran malos entendidos y falsas expectativas hicieron un pacto con características sagradas y se juramentaron no prometerse absolutamente nada. O sea, se prometieron no prometerse…
Al descartar la promesa todo lo que podía suceder era, simplemente, conocerse aún más, cosa nada despreciable en estos tiempos de desconocimiento total. Tal vez aquel designio necesitaba de una comprobación real, dos seres que se habían cruzado en un camino hacia el mejoramiento de la propia condición humana.
Eso eran él y ella, dos fantasías memorables, como dijeron otros dos memorables, ella ornamentaba con sutilezas apocalípticas la redención del hombre en pos de una ética única y eterna, como la ética de los mortales. El sufragaba condescendientemente los arrebatos de la feminidad, elogiaba los torbellinos de lucidez, de exactitud y de esperanza que asomaban en la humanidad de la sirena. Ella vibraba con la humanidad del delfín, no así con su instinto voraz y profundo. Ambos, la sirena y el delfín, eran máscaras de una imaginación descomunal. Eran una probabilidad, una posibilidad, una irrealidad si ajustamos las cosas.
Y así fue que cierta tarde o cierta noche desandaron juntos el camino hacia la Isla de Patmos, en la tierra de San Juan, el cuarto evangelista, el autor del mejor escrito de la historia de la divinidad. Y allí llegaron, felices, con la alegría que sólo la da la contemplación.
Y se maravillaron cuando comenzaron a transformarse, lentamente, en seres humanos. La sirena y el delfín descubrieron que se iban convirtiendo en humanos, en personas humanas, como si del Olimpo hubieran bajado los dioses helénicos para asegurar semejante transformación, tamaña simbiosis de elementos. Otra vez se producía el milagro de la metamorfosis, esa rareza que tiene mucho que ver con la energía y con la materia. Con el espíritu y el cuerpo.
Y así fue que semejante realidad comenzó a manifestarse como algo natural y espontáneo. Eran dos personas que habían sido dos especies rarísimas, que jamás hubieran podido conocerse porque pertenecían a mundos diferentes, porque sus aguas tenían distintas temperaturas, su combustible era la alimentación de carne para él, el genuino amor para ella. La sirena que fue se alimentaba de amor y nada más, porque el recuerdo de sus genes sólo demostraba que fueron muy incomprendidas en la vida de la fabulación y la irrealidad.
El delfín sólo comía materia de su propia estirpe, como los hombres, y se jactaba como éstos de su primordial inteligencia para sobrevivir. Convivían en esa isla alucinante, una mujer y un hombre, sin más historia que la de una sirena extraviada en tiempo y espacio, y un delfín inteligente que soñó ser un hombre. Los dos, ella y él, continuaban viviendo en una pasión paradisíaca, se sentían como Adán y Eva, como símbolos de un genuino amor. Sólo el amor los unió para siempre…”

Fin del relato del sueño, ahora cabe el lugar de la especulación crítica de quienes creen resolverlo todo con el análisis profundo de los comportamientos de los seres humanos. La conducta, como todo vestido, ropa o careta que se desee usar, está en la superficie del cuerpo, en lo exterior, en las afueras de la milagrosa ciudad del hombre. En cambio, en lo interior, adentro del hombre, están los sueños, el arte, el pensamiento, los sentimientos de las personas.
Hay todo un universo dentro del ser humano, y de tanto que hay, bien puede caber un par de sueños que sólo aparecieron en la mente del soñador, porque seguramente habrá pensado en una ilusión que por esas locas casualidades de la vida o del destino se haya hecho realidad. Tal vez la utopía no sea otra cosa que una realidad que se convierte en sueño para después convertirse otra vez en realidad.
Espero de vos lo mismo que espero de mí, ser auténticamente genuinos y transparentes para apreciar que después de todo un sueño bien puede ser también la realización de una obra de arte. Me despido otra vez en Buenos Aires en un invierno con reminiscencias caribeñas, con divagaciones de sirenas utópicas y delfines en extinción.
Y como dijo un inspirado poeta del mediodía, no desconfíes de los personajes que no conocés, desconfiá sí de las personas que te prometieron el amor que jamás llegó. No creas que amar es solamente no pedir perdón, también se ama en el silencio de una realidad tan fantástica como la irrealidad. Gracias por haber aparecido aquella tarde o aquella noche cuando casi estuve por creer que la soledad no se podía compartir. Hasta pronto.


ADRIAN GUERIN BOZZANO
Autor de Borgesías, otro homenaje al genio y Los muertos también sueñan de próxima aparición.

aguerinb@hotmail.com

25/6/08

Una reyerta divina

“Nos encontraremos, inevitablemente, en algún irreal arquetipo. En algún absurdo memorable, o seremos una misma nada en la improbable profundidad del olvido.”

Juan Leonardo López García


¿Qué otra cosa buscamos? ¿Acaso una comunidad de pocos? ¿Tal vez escapar del equilibrio, ese infame y mediocre artificio que obra como instrumento moderador de una pseudo medida universal? ¿O también hemos sido condenados a lo no existencia? Porque amar y no amar, es no existir, ni más ni menos, por una acostumbrada y simple lógica. Es como decir ser o no ser. Quienes hemos reconocido tempranamente nuestro halo histriónico existencial hemos confabulado contra nosotros mismos, nos hemos auto segregado sin querer. Al no conocernos íntegramente estamos expuestos a otras formas de conocimiento que aún ignoramos. Por eso creo que la sorpresa, la genuina, radica en la delicada y tierna alegría de comunicarnos, de la forma más insospechada, en tu universo o en el mío. Es por eso que nuestras geografías están codificadas por esas vivencias que tuvimos, necesariamente, que pasar a lo largo de nuestro otro tiempo, el cronológico, el de carne y hueso, ése que muchas veces se alía con otros sucedáneos para martirizar nuestro oprobio.

¿Dónde estará tu vida, esa que casi abrió otra puerta? ¿Acaso, en el fondo azul de nuestras quimeras no buscamos eso…? ¿Nuestra utopía no trata de persuadirnos constantemente en los famosos y voluptuosos juegos de lo que es a lo que pudo haber sido? Esta es una constante en la fantasía del escritor, es el imaginario espectral del pintor, es la sed bucólica del escultor, el artesano, el diseñador.
Es la armonía precisa y suprarreal del arte musical, esa frecuencia de movimiento que sólo la capta la intuición estética, y también, naturalmente, la especulación científica, cuántica, filosófica finalmente. El esplendor de una idea, su estructura más visible, su adecuación a la materia es el pensamiento puesto en acción. Es un recodo único, personal y universal del poeta y del filósofo, esos enigmáticos artesanos que solamente piensan durante su existencia, de día y de noche, en todas las estaciones del año, en la montaña y en la llanura, en los ríos y los mares, en el universo todo, el que es resultado de la suma infinita de universos. Es el arcano cerebral como puente del espíritu y la materia que tanto jacta al conocedor del inconsciente, ese vértigo que descubrió Freud. Supongo que creo conocerte porque me conozco, sólo por eso. Y no es un oráculo del entendimiento, es otra ecuación química del juego de neurotransmisores, jarabes del cuerpo, fluidos de la materia, protuberancias pretéritas que sólo pretenden engañarnos con brillos artificiales y armados como secuaces contravirus del alma. En este camino deambula mi soledad, esa que por lo general está acompañada por amigos afines, amores desafinados y un sinfín de seres que ocasionalmente interceden mis inauditas coordenadas. Y esto no es bajo perfil, querido y amigable ser, es el consenso de mi espontánea lucidez, el reflejo de la brillante luz en la curva de mi sombra existencial.

“Sólo podemos definir lo que carece de historia” dijo el neo-utópico Federico Nietzsche. Porque el nombre fue dado como ilusión antes de serlo. Antes del ser, de cualquier tipo, estaba esa delirante nada que muchas veces se nos anticipa con cierta frecuencia oscilatoria. La realidad, la mágica realidad, nos atiborraba de emblemas, connotaciones, símbolos y toda forma de acercarnos a su propia verosimilitud... Cuestión ontológica de ser y no ser. Por estos canales fluye cualquier tipo de expresión. El pensamiento se expresó con símbolos no codificados por la inteligencia, pertenecía todavía al espíritu, estaba ingresando a la plúmbea corteza cerebral. Y por supuesto el conocimiento aún no conocía la telepatía, y mucho menos su onda de frecuencia tan expansiva. Y no le creímos, no pudimos darnos cuenta de que se nos estaba “presagiando” a nosotros mismos. Entonces formulamos de nuestra genuina rareza la costumbre de soñar despiertos. Así transcurrió el juego quimérico de vivir para jugar a lo que pudo haber sido de nosotros. Tal cual lo dice Borges en su poema Lo perdido donde señala: “¿Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue...?”. O como lo atestigua el epígrafe recontra borgeano inicial entrelazando las artimañas de la contradicción, buscando el énfasis en la antinomia, o en las figuraciones de la abstracción como irreal arquetipo, o el más borgeano de los borgeanos, el famoso absurdo memorable. El más absurdo memorable que conozco es la soledad. Pero la más absoluta y abyecta de las soledades, la helada posibilidad de no ser. ¿No soy?

Y el talento intuye esta posibilidad. Hablábamos de esto hace instantes, me asegurabas que el genuino talento posee ciertos estigmas que no se corresponden con la armonía, con el equilibrio sentimental, ¿cómo puede ser que un ser talentoso, genial, pueda adolecer de pautas éticas o afectivas? No es fácil convivir con la genialidad, con la inspiración permanente, con la humildad de lo cotidiano, con los proyectos, las nuevas ideologías que asoman permanentemente sobre la faz de nuestras almohadas. Es difícil, muy difícil ser destinado a ser distinto. Al ser hijos de la vida, lo que quiso decir Gibran es que lo único que nos queda como responsabilidad existencial es proseguir con lo que intuimos desde siempre. Si tu padre, tu maestro, o cualquier expresión encarnada del amor se deslizan por aguas más profundas, no te preocupes porque sólo desean nadar, estar en otra superficie, cuando entiendas por qué bucear es tan extraño comprenderás lo que sucede con el talento, sólo después de la experiencia podrás confirmar tus dudas, o comprender que estabas equivocado, brillante ser. No es utópico comprender la genialidad, sí lo es entenderla. Definir la utopía es como lo hizo sir Philip Sidney, al definir la poesía, declarando que es “una pintura que habla, con el doble objeto de enseñar y deleitar”. Ante el éxtasis que produce el estado incorrupto de la materia, delante del fenómeno estético por excelencia, esto es, la contemplación de la no-ocultación del ente, tan de Martín, el Grande, Heidegger, formamos parte de uno de los rasgos más ideales de la condición humana.

Porque eventualmente somos tan copartícipes preponderantes de la mismísima Creación, en tanto estamos formados con la misma materia, no así con el tiempo, éste está entramado con ese inquietante espíritu que nadie conoce, como aquel pensamiento atónito y originario. Y el tiempo es otro tema, pienso en Plotino ahora, y, desde luego, en Borges.
La arqueología utópica nació así, desde Tomás Moro en 1516, desde Aristóteles, si queremos pasar por Luciano de Samosata como precursor de las “utopías” en que tanto abrevara el gran Moro. Definir, darle nombre al nombre, la palabra como determinación final del sueño utópico. Es curioso, pero al mencionar tres causas generadoras de inspiración en Nietzsche comprobaremos exactamente la influencia de otro filósofo, de un artista y de la enfermedad, ésta sin definición... O todo lo contrario, con la definición exacta del dolor, del sufrimiento, del mal, del diablo como él mismo escribiera en una de sus cartas: “Detrás del pensamiento está para mí el diablo... de un ataque horriblemente doloroso de mi enfermedad”. Precisamente Schopenhauer, Wagner y la enfermedad fueron los educadores de Nietzsche, tal como lo expresa en el prólogo Luis López Ballesteros y de Torre, en el Epistolario inédito, de 1917, “... educadores por reacción de Nietzsche contra ellos, no por acción de aquellos sobre él. Es muy cierto: el pesimismo de Schopenhauer y luego el de Wagner hacen que Nietzsche se separe de ellos, a pesar del dolor que el rompimiento con el último le produce...”. El dolor que apostema, como lo sufrió nuestro Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte, el símil de Nietzsche en estos pagos), el cruel desarraigo entre el cuerpo y el alma. Y es, exactamente, en la coyuntura enfermiza donde el genio talla su preocupación altísima de irradiar el mensaje de un futuro realizable, de un porvenir posible, de un devenir inexorable. Todo gira en ese mensaje, en esa secuencia de definir el tormento de vivir, de perfilar la posibilidad de salvar la especie, de reubicar la condición humana a la perspectiva de la superación inmediata del ser. Espacio y tiempo en compás de espera, causa y efecto en un puente excluyente de dudas y mediocridades. Y la esencia de la contradicción prefigura el contorno de cualquier definición. Porque si esa reyerta constante que el pensamiento, la reflexión tenían con los achaques del dolor, de la alteración de la materia, diríamos, es adecuado remarcar el carácter cuasiposesivo de tener que conformarse con ciertos estados alterados para poder pensar con lucidez y después volcarlo al texto limpio, libre de lagunas o, en todo caso, con las típicas contradicciones que el esfuerzo suplicaba.

Y al revés de lo que decía Borges con respecto a la metafísica, en Nietzsche intentar el estudio de la metafísica no se interrumpía por la felicidad, todo lo contrario, era casi imprescindible esa notoria y ambigua predisposición masoquista que la propia enfermedad había creado como anticuerpo. Y acá está el meollo de la definición, de lo definible en cuanto ejercer sobre la obra casi horneada el ímpetu intempestivo de la inteligencia, el talento en la génesis de la idea, del concepto en su origen puro y libre. Sólo podemos definir lo que carece de historicidad, no lo que ya tiene nombre o experiencia, lo que está dado en la realidad objetiva, representada, u objetivada. Creamos y en ese preciso instante estamos definiendo, porque la locura, el genio y Dios lo permiten, lo avalan. Definimos el acto en el paso intrínseco de la potencia. Nietzsche lo supo, tuvo que “escenificar” la posibilidad de “hacerse un dios”, de representar una alteridad comprometida con los designios del destino inconcluso de la especie. En ese acto “imposible” supo el filósofo de cumbres que definir era un diabólico castigo, una secuencia del Infierno, porque el Cielo descansaba esperando que otro de sus hijos se autoinmolara y se cayera de un caballo colosal...
Y no es para menos que las protuberancias (o los resquicios) de una energía jamás apagada puedan avefenixear, o pensado de otro modo es sumamente improbable que las cosas no sigan como pretenden ser…Dialéctica, argumentos, motivaciones, inconsciente, sueños, utopía, cualesquiera de estas maravillas del lenguaje sólo producen eso: palabras.
Pero sabemos, a veces con mucho pesar, que dependemos exclusivamente del cosmogónico pensamiento como combustible para volar.

Muchas veces lo adobamos con especias delicadas, le acercamos las inefables rarezas de nuestra propia naturaleza. La condición está fermentada con todas las posibilidades, con las mezclas que nuestra propia alquimia conoce. Pero sigo creyendo que hay otra combinación más allá del arte, el amor y la palabra…Supongo que al ser tan idénticos a nosotros mismos somos esencialmente una eterna búsqueda y, por lo tanto, una inmortal esperanza. Sólo eso parece irradiar: esperar uno del otro, esperar del universo, esperar, en definitiva, como acto y potencia juntos, casi como una suerte de divinidad. Esta premisa hace levantar las cejas hacia la famosa reflexión panteísta de Spinoza, pero debo suponer que ensimismados en el cielo estrellado de Kant podremos aventurar cuanta abstracción baste para conjugar el verbo prohibido: pensar. Y de tanto pensar nos quedamos otra vez en este planeta gozando de todas las alternativas que tenemos a mano para disuadir nuestra propia existencia. Hasta involucramos una ética, deliberamos una justicia, propagamos una libertad y casi perdidos en las coordenadas de nuestro propio reflejo nos encaminamos hacia religiones, ideologías, filosofías y cuantas acepciones padezcan nuestras propias verdades, o sea, nuestras propias búsquedas.
Y en ese deambular poético, ritual, litúrgico y despiadado nos involucramos en cualquier verdad, lo vestimos con el dogma de la fe y nos vamos felices a dormir hasta mañana.
Es muy fácil no pensar, más difícil es ser, estar en la participación del pensamiento, que no es otra cosa que imaginar la posibilidad de ser nosotros mismos los creadores de la esperanza, esa vana ilusión que se transforma en ser o no ser, en aquella especulación borgeana de lo que es a lo que pudo haber sido. Cuando nos lean se podrán saber las cosas que pasamos juntos. Cuando nos escuchen prescindirán de los instrumentos que usamos para expandir el arte de la música. O cuando veamos una fotografía podamos inmiscuirnos en ella de alguna extraña forma y estemos juntos otra vez. No es sencillo contemplar lo que no te puedo explicar, tampoco lo es de la manera recíproca. En estos tiempos milenarios, donde la palabra paradigma posee especulaciones de una idea, de un pensamiento generador, de un delirio compartido, todas las probabilidades de la imaginación estarán danzando junto a nuestras utopías, esas rarezas de la realidad que a veces confundimos con la irrealidad, no sabemos si soñamos, o ya hemos muerto. O si recién nacimos en la aventura de pensar lo que es a lo que pudo haber sido de nosotros, en el caso de que no seamos nosotros.

¿Por qué debo sufrir, le dijo Ignorancia a su madre Razón. ¡Tú eres una diosa y a mí me viven desprestigiando: me convocan a pensar en un instante y frente a multitudes de ignorantes como yo. Cuando yo misma, madre Razón, debería esforzarme un poquito más para poder pensar mejor, para reflexionar con más datos en mi memoria.
Porque si es cierto lo que dijo Platón hace más de dos milenios, que nuestras almas vivían en el palacio de Conocimiento y que al adherirse a nuestro cuerpo humano olvidaron todo lo que sabían, y que aprender no es otra cosa que recordar, de alguna manera. Dijo un discípulo de Platón llamado Federico Engels que cuando cesa la contradicción, cesa la vida. Blas Pascal nos reprendió lo suficiente cuando expresó que quien actúa como piensa termina pensando como actúa. Vaya a él este homenaje sincero. Gracias, hasta la próxima, Román Godoy.

2/6/08



Las manos del maestro apoyadas en la ilusión de los pensamientos inefables...