Hace unas noches soñé con vos. Viajábamos juntos a una isla de Grecia, Patmos precisamente, era nítida la imagen sensorial que reproducían los acontecimientos argumentativos del sueño. Decía Calderón de la Barca que la vida misma es un sueño, tal vez seamos lisa y llanamente el sueño de algún dios, como quería Borges; o el sueño de un proyecto de hombre como seguramente fui. O tal vez nuestros sueños sólo sean esa cosa fisiológica como respirar, alimentarnos, reproducirnos y después morirnos en la esperanza de volver a encontrarnos. La cosa es que soñé con vos.
Si lograra contar exactamente toda la dimensión del sueño que tuve tendría como para una gran novela. Digo grande por la cantidad, la calidad y el sobredimensionamiento del sueño en cuestión, o sea, la extensión. Lo cierto de todo esto es que soñé con vos.
No sé si explicar antes por qué soñé con vos o, simplemente, narrar lo más detalladamente posible el argumento del sueño.
Elegiré lo segundo porque seguramente algo de la explicación saldrá sola, y porque temo ser incomprendido, aunque me entiendan:
“Nos conocimos por la correspondencia epistolar efectuada a través de la archifamosa Internet, esa red de redes que todo lo enreda… Y en los bordes metafísicos del peligro jugábamos inocentemente con la seducción de la inteligencia, con el rubor ante el talento, con la displicencia de la genialidad. De esta forma comenzó a germinar una fantasía que fue transformándose paulatinamente en probabilidad. Entre los haberes y debes de la balanza química de dos personas diferenciadas por el sexo pero unidas por un designio trascendental y eterno fue gestándose una maravillosa conjunción de sueños e ilusiones. Tanto para ella como para mí, cada uno en su especial diferenciación, pero con la certeza de que la energía de uno era paz y comprensión en la del otro. Nuestras almas jugaban entre sí prescindiendo de su materia, de su cuerpo, que las sumergía en la realidad.
Y así fue elaborándose la idea en él de que ella era un arquetipo que viajaba en el tiempo y que mediante su energía le transmitía el camino a seguir para que el universo no desapareciera. Para que la armonía continuara a pesar de los revolucionarios impedimentos que aparecían en el camino.
Y esto no es delirio, es verdad, porque así pensaba este hombre que descubrió el mensaje de la sirena que había aparecido una tarde o una noche en que comenzaron a chatear cada uno en su PC.
El, decía ella, era un delfín, él completaba que, además, era un delfín de aguas tropicales, de aguas coloreadas por el calor. Ella, en cambio, era una sirena del Polo Sur, en el extremo frío de nuestra querida América. El calor del sol, la frialdad de los hielos polares, dos elementos antagónicos. La sirena y el delfín aparentaban ser incompatibles. Una elemental contraposición para que el espejo pudiera ser entendido. Las famosas antinomias del ser y no ser, de la realidad y la irrealidad.
Y de tantos viajes entre las distintas temperaturas de las especies en juego llegó el día, o la noche, en que fueron a nadar juntos. Los pro y los contra de cada uno asomaban a la superficie como si fueran iceberg y cualquiera podía contemplarlo. Igualmente quedaron en verse esa tarde, o esa noche. La suerte estaba echada, tal como dijo un futuro emperador de su tiempo. La sirena y el delfín acordaron realizar un viaje juntos y para que no hubieran malos entendidos y falsas expectativas hicieron un pacto con características sagradas y se juramentaron no prometerse absolutamente nada. O sea, se prometieron no prometerse…
Al descartar la promesa todo lo que podía suceder era, simplemente, conocerse aún más, cosa nada despreciable en estos tiempos de desconocimiento total. Tal vez aquel designio necesitaba de una comprobación real, dos seres que se habían cruzado en un camino hacia el mejoramiento de la propia condición humana.
Eso eran él y ella, dos fantasías memorables, como dijeron otros dos memorables, ella ornamentaba con sutilezas apocalípticas la redención del hombre en pos de una ética única y eterna, como la ética de los mortales. El sufragaba condescendientemente los arrebatos de la feminidad, elogiaba los torbellinos de lucidez, de exactitud y de esperanza que asomaban en la humanidad de la sirena. Ella vibraba con la humanidad del delfín, no así con su instinto voraz y profundo. Ambos, la sirena y el delfín, eran máscaras de una imaginación descomunal. Eran una probabilidad, una posibilidad, una irrealidad si ajustamos las cosas.
Y así fue que cierta tarde o cierta noche desandaron juntos el camino hacia la Isla de Patmos, en la tierra de San Juan, el cuarto evangelista, el autor del mejor escrito de la historia de la divinidad. Y allí llegaron, felices, con la alegría que sólo la da la contemplación.
Y se maravillaron cuando comenzaron a transformarse, lentamente, en seres humanos. La sirena y el delfín descubrieron que se iban convirtiendo en humanos, en personas humanas, como si del Olimpo hubieran bajado los dioses helénicos para asegurar semejante transformación, tamaña simbiosis de elementos. Otra vez se producía el milagro de la metamorfosis, esa rareza que tiene mucho que ver con la energía y con la materia. Con el espíritu y el cuerpo.
Y así fue que semejante realidad comenzó a manifestarse como algo natural y espontáneo. Eran dos personas que habían sido dos especies rarísimas, que jamás hubieran podido conocerse porque pertenecían a mundos diferentes, porque sus aguas tenían distintas temperaturas, su combustible era la alimentación de carne para él, el genuino amor para ella. La sirena que fue se alimentaba de amor y nada más, porque el recuerdo de sus genes sólo demostraba que fueron muy incomprendidas en la vida de la fabulación y la irrealidad.
El delfín sólo comía materia de su propia estirpe, como los hombres, y se jactaba como éstos de su primordial inteligencia para sobrevivir. Convivían en esa isla alucinante, una mujer y un hombre, sin más historia que la de una sirena extraviada en tiempo y espacio, y un delfín inteligente que soñó ser un hombre. Los dos, ella y él, continuaban viviendo en una pasión paradisíaca, se sentían como Adán y Eva, como símbolos de un genuino amor. Sólo el amor los unió para siempre…”
Fin del relato del sueño, ahora cabe el lugar de la especulación crítica de quienes creen resolverlo todo con el análisis profundo de los comportamientos de los seres humanos. La conducta, como todo vestido, ropa o careta que se desee usar, está en la superficie del cuerpo, en lo exterior, en las afueras de la milagrosa ciudad del hombre. En cambio, en lo interior, adentro del hombre, están los sueños, el arte, el pensamiento, los sentimientos de las personas.
Hay todo un universo dentro del ser humano, y de tanto que hay, bien puede caber un par de sueños que sólo aparecieron en la mente del soñador, porque seguramente habrá pensado en una ilusión que por esas locas casualidades de la vida o del destino se haya hecho realidad. Tal vez la utopía no sea otra cosa que una realidad que se convierte en sueño para después convertirse otra vez en realidad.
Espero de vos lo mismo que espero de mí, ser auténticamente genuinos y transparentes para apreciar que después de todo un sueño bien puede ser también la realización de una obra de arte. Me despido otra vez en Buenos Aires en un invierno con reminiscencias caribeñas, con divagaciones de sirenas utópicas y delfines en extinción.
Y como dijo un inspirado poeta del mediodía, no desconfíes de los personajes que no conocés, desconfiá sí de las personas que te prometieron el amor que jamás llegó. No creas que amar es solamente no pedir perdón, también se ama en el silencio de una realidad tan fantástica como la irrealidad. Gracias por haber aparecido aquella tarde o aquella noche cuando casi estuve por creer que la soledad no se podía compartir. Hasta pronto.
ADRIAN GUERIN BOZZANO
Autor de Borgesías, otro homenaje al genio y Los muertos también sueñan de próxima aparición.
aguerinb@hotmail.com
Autor de Borgesías, otro homenaje al genio y Los muertos también sueñan de próxima aparición.
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